Pesadilla narrativa:

Tengo la sensación de que los sacerdotes hemos hecho de la “Mesa compartida” lo que las empresas de hoy en día, han hecho con la fruta. Nos hemos servido del fruto de la vida para comercializarlo de forma etiquetada y perfectamente embalada.

Cuando llega a la boca de alguien un supuesto fruto, éste ya ha perdido todo su sabor. Por fuera tiene una imagen inmaculada, perfecta, recién salida del paraíso. Genéticamente se han eliminado sus semillas; siempre resultaron molestas y peligrosas. Apenas hemos dejado que los rayos del sol lleguen a la piel, no sea que madure unida al árbol y corra el peligro de desprenderse. Por si fuera poco, bautizamos continuamente los frutos con sulfatos para impedir la hospitalidad a otros mal queridos inquilinos, llámense gusanos o mariquitas.

No se duda en introducir la fruta en congeladores a bajas temperaturas, para que una vez lleno el depósito se pase a clasificarlo por peso y tamaño. Son desechadas las que creativamente  han desarrollado otras formas y colores que no se corresponden con el canon establecido.

En cambio, aquellas que han superado la prueba son impregnadas de brillo y sello. Una vez encajonadas, son bellamente precintadas con precio de salida. ¡Están preparadas para alimentar al pueblo! Sin embargo…, añoro los días de mi infancia en los que, junto a mis amigos, podía saborear la fruta madurada en el árbol. Si nuestras iglesias se vacían, no acusemos a nuestros fieles de cambiar de dieta; más bien, preguntémonos… qué hemos hecho del Dios de la vida.

Tras ver y contemplar una exposición en el “Museo Nacional de Arte Reina Sofía” (Madrid), con la mente hurgada por preguntas sin respuestas, me vino al corazón una imagen: un cáliz y el símbolo de la arroba (@). En principio ni sabía el porqué ni quise conceder importancia al asunto. Al cabo de dos días, acudieron a mí más imágenes que coincidían en una misma cosa: todas abordaban el tema de la eucaristía. Ya no me podía resistir. Me puse a trabajar… fascinado por la fuerza de lo simbólico. Durante varios meses estuve consagrado a la elaboración de los bocetos, fotos y diseños. Mis preguntas -más que expresadas- estaban siendo azuzadas y exprimidas por imágenes.

Me preguntaba si cuanto tenía ante mí era un conglomerado de símbolos, un tratado de teología sacramental o una campaña publicitaria. Comencé a contrastarlo con diferentes personas: amigos, jóvenes, teólogos… Todos coincidían en sentirse sorprendidos e interpelados. Algunas imágenes se abrían paso, lograban adentrarse, intimar, demandar, transgredir, profundizar… No obstante, otras permanecían ocultas.

Surgió entonces la idea de buscar diferentes personas que escribiesen un texto a cada imagen. No se trataba tanto de comentar cuanto de escribir a partir de la imagen. Las condiciones: máxima libertad y no más de una página por extensión. Para muchos de los autores, curiosamente, las dificultades mayores surgieron con la segunda cláusula; arrastrados, habrían querido escribir todo un artículo a partir -a raíz- de la imagen. El dato quizá termine por remitir a un segundo proyecto.

Las imágenes junto con los textos pretenden ser un material de reflexión, de meditación, de renovación, de desecho, de crítica, de frescura…

Siempre me he sentido interrogado, preocupado e interpelado por cuanto me rodea y configura la celebración de la eucaristía. Las iglesias se vacían y seguimos sin reaccionar. Hemos pervertido -con precio y normas- lo que no es otra cosa que amor compartido. ¿Qué nos sucede para que algo tan vivo lo anunciemos como muerto? ¿Cómo podemos afirmar que la eucaristía es el acto central de nuestra vida cristiana, sin que suceda nada que lo confirme? Hemos consentido y allanado el paso a roedores que -con el formulismo, la jerarquía y jerarquización, la exclusividad y el tedio…- han cercado la viña de la nueva vida.  De ese modo, la carcoma de la rutina ha prostituido lo más sagrado.

Necesitamos abrir las ventanas para que entre un aire fresco, respirar de nuevo el Ruah que nos inspire, ser comunidad en comunión, escuchar la palabra profética con una fe renovada, buscar al hermano hambriento para compartir el pan y dar gracias a Dios sin descanso. ¡No es poco! Necesitamos…

Necesitamos encontrar alguien a quien amar,
Alguien con quien compartir,
Alguien con quien cenar,
Alguien con quien celebrar.

Necesitamos celebrar
para sentirnos vivos,
para amar,
para creer,
para crear.

Necesidad tenemos,
Dios,
te necesitamos.

Siro López

 

Agradecimientos

Entrevistarme personalmente con la mayor parte de los autores, haber respirado la sabiduría de quienes caminan en constante proceso de búsqueda… ha supuesto una de las gratificaciones más insospechada y enriquecedora. Me he encontrado con la acogida, con la escucha, con el apoyo, con la mirada, con la sencillez… He visto la teología encarnada en hombre y mujeres enamorados de Dios.  Un verdadero placer.

Tengo la sensación de que con este proyecto ha ocurrido algo parecido a cuanto pudo suceder con la multiplicación de los panes y de los peces. En principio, solamente existían unas imágenes elaboradas por alguien insignificante e instigado por la preocupación e inquietud pastoral. Poco a poco, con la aportación de cada uno, de cada autor, se fue convirtiendo en un proyecto compartido, solidario y multiplicador. La generosidad y gratuidad de cada uno de ellos y ellas ha hecho posible el rebosar de los canastos.

Mi más sincero agradecimiento a todas las personas -¡no han sido pocas!- que han hecho realidad este proyecto. En fin, gracias…

Gracias por creer en los sueños,
en las utopías,
en la belleza,
en la locura de un Dios que se hizo niño.
GRACIAS.

De corazón a corazón.