Este proyecto es continuación de un primer libro titulado Cuerpo y Sangre, publicado por esta misma editorial
Siglo XXI, en el que se aborda el tema de la eucaristía y el de los símbolos socio-religiosos.
Cara y Cruz es un segundo contenedor de imágenes y textos, de silencios, de llamadas… y no empieza en
la primera página ni quiere acabar en la última. Antes de llegar a tus manos ha trascurrido un proceso de dos laboriosos
años de lecturas, páginas en blanco, apuntes, bocetos… Son muchas más las imágenes creadas, otras desechadas,
para llegar a esta síntesis que no se agota en su formato libro. Las imágenes están creadas para pasarlas por
la licuadora de la contemplación, por el tostador del debate, por el microondas de lo inmediato o por la parrilla de
lo celebrativo. De la reflexión personal al trabajo colectivo, pasando por las redes virtuales de internet o páginas
web. Es decir, una invitación a la movilización. Otro mundo es posible, otra Iglesia también es posible.
Se han utilizado las herramientas de la publicidad y del diseño para dar un giro de 180 grados al acomodado
semblante y al comercializado símbolo de la cruz. Imágenes que fácilmente se enmarcan en un movimiento alternativo
a la globalización dominante en el que están en juego aspectos no sólo económicos sino también sociales y religiosos.
La figura de Jesús, tan atrayente a lo largo de la historia, permanece dulcificada y enmarañada en un mundo inyectado
de rutina en la constante vulneración de los Derechos Humanos. En muchos casos, la denuncia evangélica se ha
reescrito con los intereses del poder y del estatus, para convertirse en visado de un primer mundo justificado y un tercer
o cuarto mundo consolado. No se necesita mucho esfuerzo para contemplar cómo en muchas ocasiones, la religión
se ha instrumentalizado y se ha hermanado con el poder, el miedo y el silencio cómplice de la injusticia.
Cara y Cruz trata de ser una pequeña contribución de frescura y esperanza a una nueva teología agotada en
el esfuerzo de hacerse oír en medio de una muy extendida religiosidad acartonada. Nos han catequizado con la
comida rápida de misas, procesiones y comuniones adobadas con el ketchup y la mostaza de una mal entendida
sacramentalidad. Al mismo tiempo, asistimos repetida y cansinamente a grandes titulares mediáticos de una Iglesia
jerárquica desconectada de la vida y de la recomendada dieta evangélica.
Cara y Cruz es una Teología visual, necesaria en el siglo de la imagen y de la comunicación, que se presenta
como icono o tatuaje de una piel necesitada de sentido.
Una nueva faz para la paz, para la sagacidad, para la llamada, para el silencio, para el grito, para la discordia,
para el encuentro, para la denuncia, para el amor.
CARA
Son veinte siglos sirviéndose de un mismo perfil en un carné de identidad no siempre actualizado. Es un
rostro aceptado, respetado y universalizado. No ha habido en la historia un rostro más representado y relatado que
el de Jesús de Nazaret, para muchos el Cristo. Muy pocos ponen en cuestión la figura de Jesús de Nazaret. Las críticas
no se dirigen al mensajero sino a quienes se han adueñado con pompa y encaje de su mensaje. De hecho, sigue
interpelando también hoy a pintores, cineastas, publicistas, poetas, músicos, escritores, activistas… pero por desgracia,
también a comerciantes, estafadores, psicópatas y violadores.
CRUZ
¿Una marca, un sello de identidad, un instrumento de tortura, un adorno, un objeto de culto, una disputa…?
¿Es posible convertir un instrumento de tortura en un objeto de culto?
Ya decía Toscani que la mejor campaña publicitaria de la historia la había realizado el cristianismo: como
logo un instrumento de tortura y como eslogan “amaos los unos a los otros”. Provocación en banda ancha. El problema
es que a los símbolos les sucede lo que a algunas parejas: la carcoma de la rutina oscurece y destruye todo
aquello que no se alimenta. La cruz se ha convertido en estandarte de muchos, cajón de sastre de diferentes familias,
ideologías y teologías. Necesitamos seguridad y un símbolo nos la proporciona.
Si juntásemos todas las reliquias de astillas de la Santa Cruz repartidas por el mundo obtendríamos con facilidad
un bosque de falsedades y deseos. Como cuenta el relato oriental, nuestra mirada ha quedado retenida en el
dedo indicador y no en la Belleza anhelada. No lo podemos negar, nos va más el morbo, la sangre y la casquería
que el gozo de la vida. La muerte siempre ha sido alimento de intrigas y espectáculo de masas. La resurrección,
mejor dejársela a los neo-románticos.
También es verdad que para determinadas personas la cruz, por ser precisamente un objeto de esclavitud y
de dolor, ha llegado a convertirse en su propio símbolo de identidad, de libertad y de gozo.
Cada imagen viene acompañada por un texto evangélico.
No es nada nuevo. A lo largo de la historia infinidad de artistas han puesto imágenes a los diferentes pasajes
del evangelio. Sus pinturas o esculturas no eran meras ilustraciones de la Biblia, sino más bien interpretaciones
visuales encarnadas en la realidad vivida por el artista, logrando, de este modo, interpelar y despertar a una palabra
viva, a un evangelio que se actualiza en el devenir humano. Esta oferta artística siempre ha sido una trasgresión y
ruptura con el estilo creativo anterior y con la teología que le precedía. Algunas de esas imágenes siguen siendo hoy
trasgresoras en un contexto religioso de ortodoxia. En muchos casos, se intentan ocultar, censurar o dar una explicación
contraria al sentido profundo de sus orígenes. En otros, hemos taponado nuestra mirada con la ceguera de
la ignorancia, lo que nos impide ver el alcance profético de lo creativo. Sirvan dos pequeños ejemplos de los
muchos que hay, para ilustrar lo dicho anteriormente:
En todo el románico de Europa nos encontramos con multitud de imágenes eróticas situadas dentro
y fuera del mismo templo, en las que se reproducen diferentes escenas al mejor estilo tántrico. No es éste
el momento de explicar su clara intencionalidad exhibicionista, de fertilidad y su sentido teológico de la celebración
del placer. Un sentido totalmente contrario a la postura oficial que se ha mantenido a lo largo de la historia.
En la Capilla Sixtina, encargada a Miguel Ángel por el Papa Julio II, es tal la concentración en el brazo
derecho de Dios creador que nadie se percata de que Dios, con su brazo izquierdo, está abrazando a una mujer
desnuda.
Estas imágenes nos sorprenden, despiertan nuestra curiosidad, pero lo más importante es darse cuenta de
cuál era el sentido profundo de aquello que se quería expresar. Imágenes que nos hablan de una trascendencia no
siempre desvelada.
En ningún caso pretendo definir o explicar los textos evangélicos con las imágenes que acompaño y viceversa.
De hecho, las imágenes pueden funcionar por sí mismas. No necesitan del texto para dirigirse al espectador.
Evidentemente, igual sucede con las citas evangélicas.
La fórmula de aproximar las imágenes a diferentes textos evangélicos hace que el lector se vea obligado a
actualizar con renovada frescura la lectura del evangelio. Nos hemos acostumbrado a escuchar repetitivamente los
textos con un mismo tono de voz que convierte fácilmente la escucha en adormidera. Sentarnos tan próximos a la
bocina nos ha vacunado contra la sorpresa, la interpelación y la provocación del mensaje evangélico. Uno oye sin
entender. Como en el hilo musical de los aeropuertos, uno viaja a mundos sin percatarse de dónde pisa. Se escucha
con dulzura lo que son palabras de provocación. Y si algo nos aporta el evangelio son preguntas, más que respuestas
con soluciones tranquilizadoras.
Texto e imagen son diferentes elementos que en su proximidad desprenden un mayor número de interrogantes
o de interpretaciones. Algo similar a cuando en la atmósfera se juntan moléculas de oxígeno con moléculas de
hidrógeno. Se produce una combustión que desprende energía. De ahí que cuando se avecina una tormenta notemos
un ligero aumento de las temperaturas. No dudo de que en determinados lugares este libro pueda aumentar la
temperatura ambiente. Espero por el contrario que en otros, estas pequeñas gotas visuales, refresquen tiempos de
sequía.